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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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11 Noviembre 2019 04:07:00
Tiempos oficiales
Por primera vez desde que tengo memoria el Presidente de la República no se quedó a la comida de la Semana Nacional de la Radio y Televisión que tuvo lugar el jueves 7 de noviembre. Para muchos concesionarios este fue un desaire inesperado.

López Obrador, sin embargo, sí participó en la entrega de los premios Antena, de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT) y, sobre todo, dio un discurso en el que ofreció revisar una de las más importantes y añejas exigencias de la industria. El Mandatario dijo: “Yo desde hace tiempo traigo lo de los tiempos oficiales, lo traigo como un tema que atender”.

La propuesta la había planteado José Luis Rodríguez Aguirre, presidente de la CIRT, y el Presidente respondió: “Quiero informarles que voy a analizar lo de los tiempos oficiales, que es, como aquí se ha expresado, un impuesto a la radio, a la televisión.

Un gobierno democrático no necesita de propaganda, no necesita de muchos tiempos oficiales. Yo tengo manera de comunicarme con los ciudadanos”.

La normatividad actual obliga a las emisoras de radio y de televisión abiertas a transmitir, entre las 6 de la mañana y la medianoche, tres minutos cada hora de mensajes de propaganda oficial, entre lo que se incluyen anuncios de los partidos políticos. En los periodos electorales aumenta el porcentaje de estos espacios que se entregan a los partidos políticos.

Tres minutos cada hora son una carga enorme para las emisoras de radio y televisión. Los anuncios oficiales son molestos para el público, pero además representan un desperdicio monumental de tiempos valiosos. Como los políticos no aprecian su valor real, emiten mensajes improvisados, sin objetivos claros y sin poder de persuasión o de recordación.

Esta onerosa carga solo se impone a los concesionarios de radio y televisión abiertas. Sus competidores no la sufren. Un canal de televisión abierta tiene que emitir constantemente esta molesta propaganda, pero los que se distribuyen por cable, satélite o internet no tienen esa obligación. Las emisoras mexicanas de radio en la frontera norte, que compiten con las del sur de Estados Unidos en un mercado abierto que ningún muro puede parar, están en desventaja por tener que transmitir esta propaganda oficial.

En EU las emisoras de radio y televisión no tienen, por supuesto, esta obligación. De hecho, en los países democráticos del mundo no se fuerza a nadie a emitir anuncios del Gobierno. Una de las cosas que uno nota al salir de México y viajar en países con libertades es precisamente la ausencia de esta avalancha de propaganda oficial.

Aclaro que tengo un interés personal: buena parte de mi trabajo periodístico lo realizo en emisoras de radio y televisión abiertas. Pero estoy convencido de que esta carga es injusta y antidemocrática. Me parece muy positivo que el presidente López Obrador haya prometido revisar esta confiscación injusta de tiempos valiosos.

Es verdad que él no los necesita, porque comunica mejor a través de sus mañaneras que no son de transmisión obligatoria. Los países democráticos tampoco necesitan confiscar tiempos de radio y televisión para comunicar mensajes a sus poblaciones. Solo los gobiernos autoritarios, como el de Nicolás Maduro en Venezuela, se sirven de esta maquinaria de propaganda.

Habrá que ver la normatividad que propone el Presidente antes de juzgarla; pero la simple propuesta de reducir, o mejor cancelar, los tiempos oficiales es un triunfo contra un impuesto injusto y autoritario.


Carretadas

Es verdad que muchas empresas privadas están dispuestas a trabajar en el Tren Maya, pero como contratistas, ninguna como concesionaria. Los constructores saben que el proyecto perderá carretadas de dinero.
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