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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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22 Septiembre 2019 04:07:00
Conmemoración desvirtuada
La belicosa letra de nuestro Himno Nacional se entiende en el contexto del siglo 19, cuando la debilidad de México alentaba la codicia de otros países, después concretada en invasiones e intervenciones ya fueran norteamericanas o francesas. Por eso, irónico, José Emilio Pacheco decía que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

De allí la pertinencia de que el Himno haga referencias explícitas a “extraños enemigos” deseosos de “profanar con su planta” el suelo patrio, y también el exhorto a los mexicanos a empuñar las armas en defensa del territorio, confiando a la Patria en tener “un soldado en cada hijo”.

Lo anterior viene a cuento por el mal sabor de boca que dejaran algunos cambios introducidos en los rituales de la reciente conmemoración del inicio de la guerra de Independencia. Se han gastado caudales de tinta para alabar los cambios introducidos en la vieja tradición: la austeridad del festejo en Palacio Nacional, la presencia en el Zócalo capitalino de grupos folclóricos de todos y cada uno de los estados de la República y la ausencia de familiares en el balcón presidencial la noche del Grito, entre otros.

Las voces críticas se enderezaron contra la politización del desfile del 16 de septiembre, en el cual se incluyó un contingente de la Guardia Nacional, carros tanque utilizados durante la etapa más álgida de la lucha contra el robo de combustible y la presencia de grupos beneficiados con los programas asistenciales implementados por la Cuarta Transformación.

Ante la parafernalia tan arraigada en el calendario cívico y en el sentimiento popular, cabe hacer la pregunta: ¿Cuál es la razón del desfile militar el 16 de septiembre? La respuesta obvia nos remite a la letra del Himno Nacional: es, por decirlo así, demostración de ser un país bien pertrechado para enfrentar cualquier eventual intento de otras naciones de invadir nuestro territorio.

Históricamente, está bien. El amargo pasado nos enseñó la necesidad de prepararnos para repeler agresiones de extraños enemigos. Lo desalentador es la forma en que en esta ocasión se compuso el contingente del desfile. Hubo, por supuesto, representación de las Fuerzas Armadas, pero también se incluyeron manifestaciones encaminadas a dejar un mensaje dirigido no a extraños enemigos, sino internos.

La presencia de la Guardia Nacional no tiene ninguna relación con la posibilidad de una invasión del territorio; tampoco el desfile de carros tanque utilizados en la lucha contra la extracción de combustible de los ductos. Ni a los miembros del crimen organizado ni a los huachicoleros es aplicable aquello de extraños enemigos. No son extraños, son protagonistas de un problema interno provocado por compatriotas, aunque nos repugne considerarlos así.

El desfile de la Cuarta Transformación señaló claramente que el peligro para la soberanía del país no se localiza más allá de las fronteras, sino dentro del territorio delimitado por estas. Y eso, véase por donde se vea, no deja de ser desalentador.

Además, asumiendo el peligro de ser tachado de tradicionalista irredento, agregarle ingredientes políticos coyunturales y problemas internos –guerra, le llamó un expresidente– desvirtúa la celebración, convirtiéndola en propaganda y en asunto policiaco, lo cual no tiene ninguna relación con la conmemoración de la lucha iniciada en Dolores por don Miguel Hidalgo y Costilla ni la de los insurgentes que la continuaron.
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