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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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07 Agosto 2020 04:00:00
Jackie, Jackie…
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Campbell, ya apacíguate. Descansa de poner en evidencia a fariseos y pusilánimes que día sí y día también fabrican historias para verte arder en leña verde, y nada que les das el gusto. Olvídate de las mujeres abusadas, de los migrantes y de los grupos a quienes el egoísmo y los prejuicios vuelven invisibles.

Deja que los ciegos guíen a otros ciegos y que caigan juntos al hoyo; es su decisión. Basta de recordarles a los poderosos el cuento de Hans Andersen y de castigar con el látigo de la indiferencia a sus jilgueros. ¿Para qué pintar murales con rostros de víctimas de feminicidios? Algunos colores ofenden a los necios, perturban la paz de los sepulcros y evidencian agendas futuristas.

¿Por qué, Jackie, con tu perspicacia, has tardado tanto en comprender que habitas en una sociedad de ángeles donde los impíos, como los delincuentes y otras lacras cuyos actos refutan el discurso triunfalista, siempre vienen de fuera?

Date cuenta, por favor, de que aquí jamás verás vigas en el ojo de quienes te acusan y murmuran. En su lugar hallarás altares donde se rinde culto a ídolos con pies de barro. Ya no te afanes por los emigrantes quienes en la mejor ciudad de México –¿o del mundo?– para vivir encuentran muerte en vez de solidaridad y conmiseración.

¿Que te han acosado, amenazado, espiado e invadido tu privacidad? Quién te manda haberte metido con los Moreira, cuyo modelo no son los Hermanos Coraje, sino el cacique corrupto Pedro Barros. Mejor hubieras callado el pico, aceptado alguna sinecura, mirar para otro lado y estirar la mano. La inquina del clan y de su séquito te la ganaste a pulso. Entre otros “agravios” por la denuncia en la Corte Penal Internacional donde se los acusa de crímenes de lesa humanidad por las matanzas en Allende y Piedras Negras, y por las miles de desapariciones forzadas en el docenio trágico.

¿Por qué no abogan por ti quienes podrían hacerlo desde una posición de poder? Ya sé: porque adolecen de dependencia y tú eres libre, inteligente y siempre estás como unas castañuelas –dice mi esposa Chilo–.
Le has dado alas a personas entre rejas por delitos reales o fabricados, mientras los pillos andan sueltos, ostentan fortunas malhabidas y en vez de condenas reciben elogios en los mismos espacios donde a ti
se te lincha.

Algunas columnas te presentan, Jackie estimada, como un peligro para Saltillo, Coahuila y acaso para el país, la versión femenina de López Obrador. Cuánto miedo infundes. Mueves una mano y provocas tempestades; agitas la otra y haces que a los universitarios se les caigan las vendas de los ojos y empiecen a actuar como deben ser los jóvenes, sobre quienes son hijos del esfuerzo y no del privilegio: críticos, inconformes, irreverentes frente al poder que los mediatiza y les niega oportunidades. Departes, te diviertes y cantas con amigos, y eres una odalisca, una aventurera. Te ausentas para respirar aires menos sofocantes, y fuiste “desterrada”.

La igualdad de género no se consigue con desbordamientos lingüísticos artificiosos (los ciudadanos y las ciudadanas) utilizados en el discurso oficial para taparle el ojo al macho. Tú, Jackie, has demostrado que para hacer efectivo el principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones es preciso librar mil batallas.

Hacen faltan muchas Jackies. Pero si con una los politicastros, los venales y las buenas conciencias no se dan abasto, una legión los volvería locos. Tu amistad me honra, Campbell. No estás sola, jamás lo vas a estar.
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