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Gaby Vargas
Gaby Vargas
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Su pasión por aprender y su gran facilidad para transmitir conceptos complejos de una forma inspiradora y cercana la ha convertido en una de las autoras más leídas en México. Ha publicado 16 libros de diversos temas de desarrollo humano, el más reciente de ellos Energía, tu poder. Cada uno de sus libros ha sido best-seller. En su carrera, ha vendido más de dos millones de ejemplares. Gaby Vargas fue la primer asesora de imagen en México y ha compartido su aprendizaje e inspirado a miles de personas a través de conferencias en diferentes países; en programas en radio y televisión, así como a través de su columna “Genio y Figura” en los principales periódicos nacionales. Sus contenidos se publican en diversos medios y su sección “Mejor, con Gaby Vargas” se transmite todos los días a través de MVS Radio en todo el país. Maestra Certificada en HearthMath Institute y Enneagram Worldwide, utiliza técnicas que integra con su enorme acervo de recursos para compartir prácticas cotidianas que cualquier persona puede integrar a su vida para sentirse mejor y con más energía. Es fundadora de Fundación Marillac, AC, que otorga apoyo económico a mujeres de escasos recursos para que estudien la licenciatura en enfermería. Fundadora de la Fundación Balón por Valor, que inculca valores en niños del Estados de México a través del deporte.

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02 Agosto 2020 04:09:00
Salir al ruedo con dignidad
A Pablo

“No es el hombre crítico el que importa; ni el que se fija en los tropiezos del hombre fuerte o en qué ocasiones el hacedor de andanzas podía haberlo hecho mejor.

“El mérito pertenece al hombre que está en el ruedo, con el rostro estropeado por el polvo, el sudor y la sangre; al que lucha valientemente; al que se equivoca; al que fracasa una y otra vez, porque no hay intento sin error ni fallo; al que realmente se esfuerza por actuar; al que siente grandes entusiasmos; grandes devociones; al que se entrega a una causa digna; al que, en el mejor de los casos, acaba por conocer el triunfo inherente a un gran logro, y del que, en el peor de los casos, si fracasa, al menos habrá fracasado tras haberse atrevido a arriesgarse con todas sus fuerzas…”

El anterior es un fragmento del discurso que Theodore Roosevelt dio en La Sorbona de París, el 23 de abril de 1910, conocido como El Hombre en el Ruedo. Y es precisamente este fragmento el que lo hizo famoso.



La dignidad interior

Que sabias son las palabras de Roosevelt. Hay maneras de vivir y maneras de morir. Hay quien se arriesga y se lanza al ruedo y hay quienes prefieren ver la vida cómodamente sentados. Estos últimos son los críticos, los que juzgan sin mancharse la cara.

Desde el momento en que nos levantamos hasta que nos acostamos somos maestros de vida. Si bien es cierto que creemos conocer a las personas durante los eventos de la vida cotidiana, el conocimiento real, auténtico y profundo se nos revela ante su conducta dentro del ruedo, es decir, frente a los retos y la adversidad. No hay duda.

Cuánto admiro a las personas que frente a una prueba tan grande como es una enfermedad seria, por ejemplo, en lugar de la queja, eligen la aceptación, la dignidad y la sonrisa, ante la admiración de quienes las observamos. Ese tipo de dignidad interior lo podemos encontrar también en el campesino que a diario se levanta para trabajar la tierra, o en la madre soltera que día a día se parte en 10 con entereza y alegría.

La dignidad hace resonar esas fibras internas no negociables que vibran ante una situación límite. La dignidad interior –el secreto de muchos a quienes admiramos– es la que nos hace lanzarnos al ruedo, luchar y enfrentar cualquier reto con la cara en alto.

Hay quienes nacen con esta fortaleza y son capaces de mantener la compostura de manera natural ante desafíos importantes; otros cuya fe los mantiene de pie y aquellos que se definen por la resiliencia, la determinación y la voluntad de poder.

La dignidad interior se gana y nos eleva a planos en los que los elementos de nuestra vida toman otra perspectiva y otro camino, nos brinda posibilidades de transformación real.

Si bien todos tenemos una dosis de dignidad, esta se tiene que ejercitar en los momentos en que la existencia parece estar acomodada, para aferrarnos a ella cuando la vida nos lance al ruedo sin previo aviso y nos toque vivir situaciones en las que el estrés, los desengaños, las decepciones o la enfermedad nos tambaleen. Cuando los retos de la vida aparecen es el momento menos adecuado para aprender a lidiar con ellos.

La dignidad no es algo que se pone y se quita, se vive. Es por eso que conviene buscar el silencio, la respiración profunda y el contacto con nuestro interior para crear una rutina que fortalezca el espíritu.





26 Julio 2020 04:08:00
La sala de espera
El confinamiento nos tendió una trampa: nos puso en la sala de espera. Esperamos y esperamos con paciencia a que la pandemia pase, a que creen la vacuna, a que la luz verde del semáforo de la contingencia nos permita salir, a que la economía se active y retomemos la vida como la conocíamos. ¿Pero todo lo que anhelamos llegará? Y si llega, ¿llegará tal como deseamos?

En ocasiones, sin duda, es muy sabio esperar. Sin embargo, estar en la sala de espera engaña, ilusiona y paraliza. De momento puede ser cómodo, pero nos envuelve como hace la humedad, infiltrándose por cada poro de la piel, y puede llegar a ser un pretexto para perder el tiempo, para ocultar el temor o para no comprometerse.

La trampa, además, comienza a manifestarse como miedo a creer en las capacidades propias y nos lleva a aceptar todas las dudas que surgen y que, con el tiempo, solo crecen.

Analicemos con valentía si poco a poco el tiempo de espera ha migrado hacia el estancamiento o la parálisis. ¿Qué hemos hecho para que, pasado este momento, tengamos la satisfacción de decir: “Qué bueno que hubo pandemia, porque fue gracias a esa oportunidad de la vida que... ”.

La naturaleza, como siempre, pone el ejemplo con su ímpetu, basta ver la fuerza y voluntad de vivir que hay en una flor citadina que crece en medio de dos placas de concreto. ¿Y nosotros, la especie evolucionada del planeta, qué ejemplo dejaremos a las generaciones venideras?

Se necesita encarar la situación con una gran dosis de realidad y coraje para comprobar si hemos agregado algo a nuestra existencia, si la espera nos ha cegado e impedido iniciar algo nuevo, emprender, sin la seguridad de no correr riesgos, de estar en el momento adecuado, sin señales concretas o garantías.

Qué curiosos somos los seres humanos: carecemos de paciencia para esperar –sea lo que sea: que hierva el agua, que se descarguen los documentos de la red, que nos traigan el platillo en un restaurante o que nos contesten en un banco–, sin embargo, ¡ponemos nuestra propia vida en espera!

Cuando quedamos a la espera, todo a nuestro alrededor sufre, empezando por nuestras relaciones, ¿cuántas veces los conflictos se alargan porque las dos personas esperan que la otra ceda y tome la iniciativa? Y ni hablar de nuestra autoestima y nuestro trabajo; incluso envejecemos más rápido, a la espera del momento adecuado para salir de deudas o terminar con los pendientes. Decimos que hay que esperar a que la pandemia termine, a concluir el año, a que los hijos se vayan de casa o qué sé yo, para entonces sí disfrutar la vida.



La solución es‘querer querer’

Podemos reducir la solución de esa espera infinita a la cuestión de: “querer querer”, como decía mi padre, y actuar. Imaginar, crear, arremangarnos y jalarnos de la camisa para salir del cuarto de dilación tan seductor y peligroso a la vez, para entonces darnos cuenta de lo que sí es posible y de lo que ya está ahí y nos aguarda, aun dentro del encierro. Al subir el primer escalón sabremos que tenemos la capacidad y el talento para subir el segundo y así de manera consecutiva.

Todos podemos ser más, hacer más, apreciarnos más. Es cuestión de aniquilar al implacable crítico interior que nos dice: “Si fuera más joven, si tuviera la capacidad, si tuviera más dinero, si no hubiera pandemia”, en fin.

Lo único que quedará detrás de nosotros será la vida. Hagamos lo que esté en nuestras manos por salir de la trampa que nos tiende la sala de espera, para que, al pasar de los años, un día, podamos mirar atrás y decir con orgullo: “Así lo quise”, “Así lo decidí”, y no “Así me tocó”, “Fue mala suerte” o peor aún: “Era mi destino”.

19 Julio 2020 04:11:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y ésta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.

¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado sólo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y sólo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.
19 Julio 2020 04:05:00
El despertar no es exclusivo de gurús
“Las personas despiertas viven en un estado funcional más elevado, con un propósito y relaciones más auténticas y con una sensación de conexión aumentada”, se antoja esto que comenta Steve Taylor en su libro The Leap, pero, ¿qué significa “despertar”?

Quienes hemos tenido entre los brazos a un hijo o a un nieto recién nacido o de meses, hemos percibido esa energía única, diría sagrada, cargada de lo más elemental de la naturaleza, el rastro de los antepasados y el misterio de la vida. Es una sensación que asombra y a la vez, de extraña manera, calma.

Con el tiempo, ese bebé crecerá y para acomodarse dentro de la familia, la cultura y el género comenzará a cubrir capa a capa la energía luminosa con que llegó al mundo y esta terminará en el olvido. Esa porción de su ser muy posiblemente caerá en un sueño profundo y la inocencia será remplazada por cientos de fantasmas que se apoderarán de la mente poco a poco, hasta dominarla. La persona iniciará el largo camino de sentirse incómodo dentro de su piel y de intentar proteger la autenticidad.

Sin embargo, siempre queda una vaga nostalgia, un lejano recuerdo del lugar en donde todo estaba bien. Quizá perciba el anhelo de reencontrarlo y lo buscaremos en personas, lugares, cosas y circunstancias que nos prometen esa felicidad, mas la decepción suele ser la regla.

En esa especie de estado de hipnosis en que vivimos, el ser humano crea y se crea el caos, los conflictos, las guerras y las diferencias que causan dolor y sufrimiento tanto en lo personal como en lo colectivo. Hasta que la vida nos sacude (con un evento, una enfermedad, una pérdida o una crisis como la que vivimos hoy) y con ello nos manda la invitación a despertar y regresar a la esencia: volver a casa.



¿En qué consiste el despertar?

“Los retos son el alma de la evolución”, afirma Eckhart Tolle y agrega: “Toda forma de vida, desde las plantas, los animales y los humanos, evoluciona como respuesta a los retos que enfrenta”. Y la vida nos lo comprueba. Al voltear hacia atrás, si hemos aprovechado la invitación a despertar, comprobaremos que cada obstáculo y cada reto en el camino nos hizo mejores personas. Tal vez más fuertes, resilientes y conscientes.

Es común pensar que el “despertar espiritual” es algo raro, difícil de conseguir y reservado solo para los monjes, ermitaños o gurús. Si bien hay varios niveles de despertar y no todo mundo acepta la invitación de la vida, me gusta la manera en que el filósofo contemporáneo Colin McGinn lo describe como “el equivalente a transformar el agua en vino”; y por increíble que parezca, es algo que todos hemos experimentado por momentos. En esos instantes se da una intensidad en la percepción, como si nos removieran los filtros que nos impedían ver la vida con mayor color, luz y nitidez. Sucede entonces una conexión con lo sagrado del mundo, la naturaleza y el cosmos.

Steve Taylor afirma que las personas despiertas perciben y experimentan un mundo diferente al nuestro. Lo ven como lo hace un niño que se asombra frente a la maravilla, la belleza y la complejidad de los fenómenos que otros dan por un hecho o a los que no ponen atención.

Despertar por instantes es vivir el presente en tercera dimensión, estar con quien estás en cuerpo y alma; apreciar los sabores, los sonidos y la vida. Es vivir en el no tiempo. Ahí y solo ahí es que se encuentra la felicidad plena.

Entonces, si los retos y los obstáculos en la vida son lo que nos invitan a despertar del sueño profundo, estos valen la pena. Démosles la bienvenida, ya que como dice Tolle, son el alma de la evolución.

12 Julio 2020 04:00:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadunidense, de 32 años, zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a mil 300 kilómetros de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir”. Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento sicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: ‘¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?’”. Después de haber perdido 20 kilos, pensaba: “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea (A la Deriva: 66 Días Perdidos en el Mar). El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome sicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.
Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No solo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo, una vez que los tengas en tu lancha inflable, ten en cuenta que para que la vida te rescate lo más importante siempre es y será tu actitud.
12 Julio 2020 02:06:00
¿Cómo sobrevivir al naufragio?
Steven Callahan jamás se imaginó lo que viviría. El arquitecto naval estadounidense de 32 años zarpó de las Islas Canarias el 29 de enero de 1982, en un velero diseñado por él mismo que le llevó tres años construir.

A los cinco días de iniciado el viaje, un golpe seco en el casco –se cree que dado por una ballena– lo despertó. El impacto hizo que su barco se hundiera en segundos. Se encontraba solo y perdido en medio del océano Atlántico a 1,300 km de distancia de la costa.

Esa noche, Steven logró subir a una lancha inflable en la que alcanzó a meter un equipo de emergencia, algo de comida, una antorcha y un balde para recoger agua de lluvia. “Ahora tengo dos opciones: o conducirme hacia una nueva vida o dejarme morir.” Eligió la segunda y viviría 76 días de naufragio.

Stephen sabía que sus mayores problemas no serían el hambre ni la sed, sino el derrumbamiento psicológico y el desánimo. En ese periodo de soledad y desesperación pensó: “Uno escapa del barco que se hunde y una vez dentro del bote salvavidas eres presa de la desorientación. Te empiezas a preguntar cosas del estilo de: '¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo ir?” Después de haber perdido 20 kilos, pensaba. “Cada día es un regalo, no un derecho” como escribió en su libro Adrift: Seventy-six Days Lost at Sea.

El 21 de abril de 1982, un barco pesquero lo rescató. Eso no hubiera sucedido sin un ingrediente vital previo: su actitud.

¿Qué o quién es tu lancha inflable?

Es probable que en esta desorientación que vivimos, muchos de nosotros nos hagamos las mismas preguntas que Callahan: ¿Cómo puedo sobrevivir aquí, hacia dónde debo dirigirme? De la misma manera, muy posiblemente sabemos que el hambre o la sed no serán nuestros mayores retos, sino el desplome psicológico y el desánimo moral.

Es un hecho que vivimos en el sentir de nuestro pensar. Es decir, nada afecta más cómo nos sentimos que lo que pensamos. Todo enojo, frustración, tristeza o culpa provienen de lo que pensamos en el momento, no de la situación, las personas o problemas que tenemos. De la misma manera sucede con el amor, la felicidad y el gozo: los antecede un pensamiento.

Una de las características humanas es que podemos elegir. Sin embargo, la manera de sentirnos afecta las decisiones que tomamos. Pienso y siento, luego decido. Reconocer esto, puede cambiarnos la vida.

Cuando te sientes cansado, hambriento o con dolor de garganta, la mente no tiene la claridad necesaria para tomar una decisión inteligente. Es por lo que, dentro del naufragio o la incertidumbre en la que vivimos, tenemos que procurarnos momentos de descanso, placer y tranquilidad. No sólo por salud física y mental, sino por el bien de nuestras decisiones y de quienes nos rodean.

Finalmente, lo único importante es vivir tranquilo con uno mismo, para así dar tranquilidad a los demás. ¿Cómo procuramos ese sosiego? ¿Qué o quién es nuestro bote salvavidas? ¿Eres consciente de estos aspectos?

Analiza tu día cotidiano. ¿Qué te hace sentir bien? Puede ser tu pareja, un amigo, tus amigas, los hijos, el trabajo, la lectura, dar un paseo en la naturaleza, la música, el ejercicio, armar un rompecabezas, una clase por Zoom; quizá recostarte en un sillón cómodo que te acoge después de un día largo. Procúralos ¡y no los sueltes! Evitarán o aminorarán el desmoronamiento anímico.

Sin embargo
05 Julio 2020 04:10:00
Cuando la vida se ríe
Nada divierte más a la vida que nuestros planes a futuro. Si bien, varias veces a lo largo de los años lo hemos podido comprobar, en este 2020 durante la pandemia sus carcajadas han sido sonoras. ¿Tenías algún plan, proyecto, viaje o sueño? Pues también se quedó en la puerta con ganas de salir. Mientras, los cuestionamientos sin respuesta se apilan uno sobre otro.

La presencia del cambio y la incertidumbre, su fiel compañera, es de lo único que podemos estar seguros. No obstante, podemos optar entre imbuirnos en la situación u observarla desde el balcón. Bien vistos, los datos y las noticias en sí no tienen significado, lo importante es lo que cada quién hace ante esa información y esto que vivimos. ¿Qué emociones elegimos albergar frente a la realidad? ¿Qué actitud asumimos? Y de ello dependerá por completo nuestra experiencia.

“Las verdades aplastantes desaparecen cuando las reconoces”, escribió Albert Camus. Es una frase que podríamos aplicar ante la situación sin precedentes que atravesamos. Sí, el escenario se muestra difícil desde muchos ángulos, eso es algo que no podemos soslayar. Sin embargo, hay una gran aliada que nos ofrece la mano: la esperanza. La esperanza como cimiento para una actitud optimista.

Muchas personas piensan que ser optimista es ingenuo por ser una actitud basada en sueños e ideales y no en la realidad. Los pesimistas se ufanan de ser más realistas. Su visión de la vida se sostiene en la creencia de que el mundo es malo, no tiene remedio y tiende a empeorar. Quizá creen que esa estrategia les protege de una decepción mayor.

Eso por eso que los pesimistas adoptan una mentalidad negativa. Tienen la creencia en que las cosas no mejorarán; y en que estamos impotentes ante el desenlace de nuestra vida. Su frase favorita suele ser: “Te lo dije”. Sin embargo, dicha manera de pensar tiene serios efectos secundarios: la desesperanza, que impide sacar todo el potencial de las personas, además de llevarnos a la infelicidad y al fracaso. ¿Qué ganamos con esto? Nada. Que la gente se aleje, que la fuerza de la vida se disipe y que las oportunidades brillen por su ausencia.

Optar por la esperanza

La esperanza es fe en el futuro. Es convencernos de que “todo va a estar bien” a pesar del contexto. Es una fuente de fortaleza. Es saber que el bien es más fuerte que el mal. Es aquello que sientes y te motiva a seguir adelante. En fin, aquello que puede transformar un desierto en tierra fértil. Por todo esto es importante.

Tener una actitud positiva no es inútil, pues ésta se basa en la creencia de que la vida es buena y la gente es capaz de ser bondadosa. Claro, cualquiera puede ser optimista cuando todo marcha convenientemente, pero cuando la vida se ríe de nosotros necesitamos una creencia sólida en que “todo va a salir bien”.
El optimismo requiere abrirse a la posibilidad de que nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestras conclusiones de pensamientos moldean lo que finalmente se manifiesta en la experiencia.

Entonces, optar por la esperanza es algo esencial para la vida, es una decisión que nos puede llevar a atravesar los túneles más oscuros de la vida. Crea posibilidades, nos sostiene, nos mantiene fuertes mientras la tormenta pasa. La esperanza es asirnos de una cuerda y saber que sin importar lo mal que se vean las cosas, todo saldrá bien.

Ahora que la vida se ríe de nosotros, optemos por la esperanza, elijamos vivir en el presente y creer en la bondad, en la renovación y en el futuro. Claro, sin dejar de trabajar por ello.

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